lunes, 12 de noviembre de 2007

"From the Edge...", last entry/"Desde la orilla...", última entrada

Finally we are coming to the end of the almost endless essay "From the Edge, Both Real and Imaginary". Scroll down for the English version and the preceding chapters.

Por fin, el final del larguísmo ensayo, "Desde la orilla, real e imaginaria". Los capítulos previos se pueden encontrar más abajo. Las imágenes de esta entrada consisten en primero, dibujos y grabados de niñas, a petición de Angel de la Rueda, y fragmentos del políptico "America en Extremo".

"Mamá enojada con su pequeña hija"/"Mommy mad at her little girl", 1953

Realmente no me gusta demasiado admitir que he enfrentado circunstancias para las cuales me he sentido poco preparada, que no he enfrentado bien, que me han abrumado, pero ya que lo pienso, sí me ha pasado, y recientemente.
La verdad, la década de los noventa no me fue fácil. En cuanto a mi carrera, es cuando me establecí bien, supongo. Incluso ahora me quedo atónita cuando recuerdo cómo trabajaba. Por ejemplo, cuando iba a exponer en el Museo de Arte Moderno, fui a ver la sala, y me asusté. Se veía enorme; me sentía de tamaño normal, pero mi obra se me hacía... infinitamente chica. Bueno, de tamaño, comparada con el lugar que tenía que llenar. No sé que es que impulsa a los hombres a hacer cuadros de tres por cinco metros, pero en mi obra un cuadro grande es de un metro por un metro. A lo mejor todo empieza por el hecho que los hombres tienden a tener sus talleres en otros lados, donde sus familias no los distraen, talleres que suponemos han de ser enormes y llenos de bocetos y cuadros en proceso y elementos de instalación y tarros medio vacíos de pintura y botellas vacías de vino y cajas de pizza deterioradas, etc. Siempre he tenido mis talleres en mi casa, así puedo trabajar mientras vigilo lo que está en el horno y volver a trabajar cuando los niños están dormidos (antes cuando mis niños no eran los hombres que ahora son.) Esto quiere decir que trabajo en mesas y en paredes no más altas que dos metros y pico. Además, por naturaleza me gusta trabajar dimensiones no muy grandes, es más íntimo.
Entonces para poder llenar aquel espacio me hice un calendario de lo que tenía que terminar y cuándo. Lo que más recuerdo es que decidí que no tendría tiempo para ir al cine en unos ocho meses. Pero sí llené las paredes, y después de eso las de varios museos más.


"En suma, vista como una existencia que aparece en un alma, el mundo entero para cada quien es peculiar y privado a su alma en específico...FM Bradley citado por TS Eliot/"In brief, regarded as an existence which appears in a soul, the world for each is peculiar and private to that soul" FM Bradley quoted by TS Eliot, 1993 (I)

Al mismo tiempo (¿por no ir al cine?) mi vida social era cada vez más deficiente. Los círculos sociales del mundo del arte iban cambiando. En los ochenta, estuve bien dentro de ese circuito. Pero el mundo iba cambiando, y yo también, y poco a poco me encontraba más aislada. Volvía a rondarme el fantasma de ser la marginada. Y ya no tenía una pareja que me ayudara a integrarme. Es más, la mayor parte de la década no tuve pareja, y cuando la tuve, me complicaba más las cosas en vez de solucionármelas. Tenía unos amigos, buenos pero bastante ocupados, no exactamente un buen sistema de apoyo. Luego mis hijos se independizaron. Creo que fue en 1996 que empecé a vivir sola, prácticamente por primera vez en mi vida. Esto es sin contar seis meses en Boston en 1970, antes de meterme a una comuna de mujeres.
Mi hijo Andrés me regaló un gato cuando se fue. Todavía lo tengo, un siamés con mucho carácter y luego compré en Mercado Sonora una gata que nos resultó algo carente de carácter, pero que funge bien como mascota del siamés. (Andrés ya tenían cuatro gatos: Violencia, Crisis, Caos y Sismo. Quería regalarme más, pero me resistí.)

"En suma..."/"In brief ...", (II)


Y me pasó otra cosa. Desde 1994, empecé a tener anemia. Nadie (léase doctores) sabía por qué. Bueno, tenían sus teorías pero no me podían curar. Me había vuelto vegetariana pero volví a comer carne con la esperanza de sanarme. Y volví con una ex-pareja con la esperanza de alegrarme. Ninguna de las dos cosas tuvo el efecto deseado.

En el dos mil hice una buena exposición (es decir, una que me satisfizo) en la galería de Arte Mexicano. Pensé, bueno, no tengo pareja, no tengo energía, pero estoy funcionando. Fui a sacar un certificado médico para tener seguro y el ginecólogo decidió que tenía un tumor en el útero. Estaba equivocado, pero sí tenía un quiste en un ovario. Luego me quiso operar y quitarme el ovario, ¿o eran los dos? y además el útero. “¿Pero por qué el útero?” le pregunté desconcertada. “¿Para que lo quieres?” me contestó.
Me hizo tomar una serie de exámenes caros y desagradables (como una tomografía.) Después de varios meses de estar especulando acerca de cuándo y cómo podría morir, fui a otro doctor. Este decidió tratar el quiste con hormonas (cosa que resultó) pero a pesar de la mejoría estaba yo cada vez más triste y sin energía. Fui a dar una plática a unos niños de preprimaria sobre que es ser “pintora” y la primera pregunta fue, “¿Por qué estás tan amarilla?” Y, mi cara estaba extrañamente hinchada. Así que no me sentía muy bonita que digamos. Además, estaba pasando por la menopausia. No nos gusta hablar de eso porque es como dejar caer el dato de que estamos al punto de dejar de ser “babes”, como dice una amiga, pero el hecho es que me estaba pasando y estaba sola. Pasaba días en el sofá sin ganas de hacer nada, y la idea de vivir treinta años más (suponiendo que llegara a tener ochenta) me llenaba de angustia, porque no se me ocurría nada que hacer con todo ese tiempo. Fue en ese entonces que una amiga, para un proyecto suyo, me hizo una entrevista en la cual cada vez que me preguntaba algo sobre la historia de mi vida, me echaba a llorar.

Otra vuelta/Another whirl, 1985
Finalmente me rendí y fui a un buen internista. Durante los años previos mi concepto de “doctor” había sido limitado a ginecólogos y doctores naturistas, para mi desgracia. Resulta que ya llevaba unos diez años de un hipotiroidismo cada vez más agudo. Se alenta el cuerpo, te engordas o te hinchas, te vuelves anémica, produce depresión...muy fácil de tratar, pero tardas un rato en normalizarte. Lo que me molesta es pensar cuán distinta podría haber sido esa década si no hubiera tenido este asunto bajando mi ánimo y robando mis energías.
De todos modos, aún con la bronca médica bajo control, la interacción del hipotiroidismo con la menopausia me había producido un bajón químico que era difícil de revertir. Seguía sintiéndome con una nube gris alrededor. O con un bloque de cemento encima. Seguía manejando mientras lloraba, y llorando mientras manejaba. Me recetaron un antidepresivo y no me pude parar de la cama. Se lo comenté al doctor y no me quitó el antidepresivo, pero me mandó vitaminas para viejitos. Lo dejé de tomar de todos modos. (Tomé las vitaminas). Ahora me he enterado de que dar antidepresivos es como inventar un cóctel personal para cada quien por prueba y error, con la posibilidad de no pueden dejar el tratamiento después. Entonces, a lo mejor no me perdí de mucho al evitarlos.
También me metí a un club muy acá con vapor y máquinas y personal trainers y lloraba en el yoga. La instructora estaba muy conmovida. Pensó que me había provocado una experiencia espiritual.


El cumpleaños de Sylvia/Sylvia's birthday, 1983
Fui con una terapeuta y salía llorando más fuerte. Como Alicia, corría el riesgo de ahogarme en mis propias lágrimas.
No fui totalmente improductiva. Eché a andar varias cosas que luego me fueron de mucha ayuda. Una fue el aceptar dar una clase de gráfica alternativa en La Esmeralda, escuela de arte. Cuando empecé a dar clases ya había salido de mi bache, pero hoy en día encuentro el trabajo en la escuela una conexión orgánica y vital con el mundo que me hace mucho bien. Finalmente, ¿que podría ser más divertido que convivir con estudiantes de arte?
También empecé una nueva veta en mi producción, piezas que tienen menos que ver con “mujeres en su intimidad”, lo que solía ser mi tema predilecto, y más con la historia, historias personales, quizás, pero historia, al fin. Como que empecé a salir de mí misma, en cuanto a temática. Hice, por ejemplo, una instalación de imágenes trabajadas con transferencia y costura, basadas en fotografías de los pueblos indígenas de los extremos de América: Alaska, Canadá y Patagonia. Es una especie de narración de la época de su encuentro con los europeos, encuentro que resultó particularmente devastador en el sur. Me involucré mucho con las imágenes de esta gente al hacer el proyecto. Estaba tratando de reconstruir algo, de darles presencia y voz a pueblos marginados en su momento por su situación geográfica y su desventaja en cuanto a desarrollo, y finalmente, marginados también en el tiempo.


El cumpleaños de Pati/Pati's birthday, 1983

Paralelamente me encargaron, para el coloquio de artistas mexicanas y chicanas, una ponencia con el tema de “Sobrevivencia como artista.” En un principio me dio pánico, entre otras cosas porque no estaba tan convencida de que había sobrevivido o que sobreviviría. Pero resultó ser un vehículo para articularme, una forma de procesar lo que me estaba pasando.

Y tuve suerte, me enamoré. Esto fue muy útil porque el enamoramiento produce muchas endorfinas, que contrarrestan la deficiencia química. Produces tu propia droga antidepresiva. Además, la suerte fue no tanto enamorarme (ya tenía un buen de experiencia con el fenómeno con resultados regulares), sino enamorarme con alguien con quien tenía la posibilidad de desarrollar una buena relación. ** No sé si podría ser receta médica, pero en mi caso, me encarriló otra vez. Así pude empezar a apreciar lo que nunca había perdido pero no estaba en condiciones de ver --vean, me estoy volviendo insoportablemente cursi, ya sé porque rehuía escribir todo esto. Pero efectivamente “fue triste mi historia, y su final feliz.” Sospecho que no tengo todo bajo control, pero ha vuelto mi optimismo incurable y la ilusión que yo sí puedo con todo...hasta con dos nacionalidades.

--Carla Rippey

*El buen gato Akira duró once años, hasta el verano pasado. Lo extrañamos.
**"Una buena relación" –cinco años más tarde, seguimos sin rendirnos.

Un pastel para dos bastoneras/A Cake for two baton-twirlers, 1984
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OK, you have arived at the English version! The images for this entry are drawn from drawings and prints of little girls (at the request of Angel de la Rueda) and fragments of the polyptych, "The Farthest Reaches of America".

Fragmento/"America en extremo"/Fragment,"The Farthest Reaches of America", 2001-5

I really hate to admit that I’ve come up against situations that I’m not prepared to face, situations that I’ve handled badly, and that have overwhelmed me, but it has happened, and not so long ago.
The fact is that the nineties were difficult for me, although as far as my career is concerned, this was the period in which I really established myself as an artist. Now I’m amazed when I think back on how hard I worked. For example, when I was going to show in the Museum of Modern Art here in Mexico City, I went by to check out the museum spaces destined for my exhibit, and I was terrified. They looked enormous. I mean, I was of a normal size, but my work seemed…infinitely small, compared to the space I had to fill.
I don’t know what motivates men to make pictures nine by fifteen feet (for example), but in my production a big piece is three by three feet. Maybe it all starts with the fact that male artists tend to have their studios away from their homes, where their families can’t distract them, studios which we envision as huge and full of sketches and canvases being worked over and half-empty cans of paint and empty wine bottles and boxes of deteriorated pizzas, etc. On the other hand I have always had my studio in the house, so that as I work I can keep an eye on whatever is in the oven and go back to work when the kids are asleep (back when my children were boys, not the men they are today). This means that I work on tables and on walls no higher than around eight feet. Besides, I like working in smaller dimensions, it’s more intimate.

Anyway, in order to fill that impossible museum space, I made myself a calendar of what I had to finish, and when. And I distinctly remember that I decided that I didn’t have time to go to the movies for eight months (I basically worked from 9 AM until midnight or later). But I did fill the museum halls and those of several other museums after that.

Fragmento,"América en extremo"/Fragment, "The Farthest Reaches of America, 2001-5


At the same time (because I didn’t go to the movies?) my social life was increasing deficient. The circles in the art world were changing. In the eighties, I was quite integrated into the social circuit. But the world was moving and so was I, and little by little I found myself more isolated. The phantom of being the outsider was coming back to haunt me once again, and now I didn’t have a spouse to drag me to exhibits and parties, etc. I actually was alone most of the decade, and when I wasn’t, it made things worse instead of better. I did have friends, good but extremely busy friends, which was not exactly a support system. Then my kids grew up and moved away. I think it was in 1996 that I started to live totally by myself, for the first time in my life (except for six months in Boston in 1970, before I moved into a women’s commune).
My son Andrés gave me a cat when he left. I still have him*, a Siamese with a lot of character, and later I bought a female cat at a local market, who turned out to have not so much character, but she functioned well as a pet for the Siamese. (Andrés had four cats, whose names translate as Violence, Crisis, Chaos, and Earthquake. He wanted to give me more cats but I resisted.)

Something else was happening to me. In 1994 I started becoming anemic. Nobody (that is, no doctor I consulted) knew why. They did have their theories but these led to no effective cure. I had been vegetarian for a while but I started eating meat again, thinking that might make me healthier. And I got back together with one of my exes, thinking that might make me happier. Neither plan had the desired effect.
In 2000 I put up a good show (good, meaning I liked it) in “Arte Mexicano”, Mexico City’s oldest gallery. Well, I thought, no energy, no spouse, but at least I’m functioning.


Fragmento, América en extremo"/Fragment, "The Farthest Reaches of America", 2001-5


Then I went to get a medical certificate for insurance purposes and the gynecologist decided that I had a tumor in my uterus. He was wrong, but I did have a cyst in an ovary. So the doctor decided to operate and take out the ovary (or was it both ovaries?) and remove my uterus as well. “But why the uterus?” I asked, disconcerted. “What do you want it for?” He answered back.
I went through a series of expensive and very disagreeable examinations (like a cat scan, where they got confused and scanned the wrong part of me). After a few months of speculation as to how and when I might die, I changed doctors. The new doctor treated the cyst with hormones (it worked) but in spite of this advance I was progressively more listless and unhappy. I went to give a talk to some preschool kids about what it’s like to be an “artist” and the first question was, “Why are you so yellow?” And my face was like, puffy. So I didn’t feel exactly beautiful. Besides, I was going through menopause. We women hate talking about is because it lets out the fact that we’re about to stop being “babes”, as a friend of mine puts it, but the fact is, it was happening to me, and I was alone. I spent days on the sofa with no desire to do anything, and the idea that I might live thirty more years (supposedly, if I made it to eighty) horrified me, because I couldn’t imagine whatever in the world I would do with all that time. It was around then that a friend interviewed me for a project of hers, and every time she asked me a question about my life history, I started to cry.
Finally I gave in and went to see a good doctor of internal medicine. Up to then my idea of a “doctor” had been limited to gynecologists and naturopaths, unfortunately. And it turned out that I had been suffering from hypothyroidism for at least ten years, each year worse than the preceding. This condition slows down your system, making you retain liquids and thus get fatter or at least puffy, and it can cause anemia, as well as depression…it’s very easy to cure, but returning to normality takes a while.
What annoys me is to think how different those years could have been without this business robbing me of my energy and good spirits.

Fragmento, "America en extremo"/Fragment, "The Farthest Reaches of America", 2001-5
Nevertheless, once the medical problem was under control, the interaction of the hypothyroidism with menopause had produced a chemical downward spiral that was difficult to reverse. I still felt like I was moving in a gray cloud, or trapped under a ton of cement. I kept on driving while I cried, and crying as I drove. I was prescribed an antidepressant which finished the job of destroying my energy. I told the doctor and he didn’t take me off it, he just added vitamins for the elderly to my prescription. I stopped taking it anyway (I did take the vitamins).
Since then I’ve learned that prescribing antidepressants is like inventing a personal cocktail by trial and error, with no guarantee that the treatment will work right away or be temporary. So maybe I didn’t miss much in avoiding the pills.
I also started going to a very posh club with a steam room and exercise machines and personal trainers, and I cried during yoga. The instructor found this very touching. She thought I was having a religious experience.

Viajes a las pirámides, I/Trips to the Pyramids, I, 1985

I went to a therapist and left crying harder. Like Alice, I was in danger of drowning in my own tears.
I wasn’t totally unproductive. I got going on several things that were to prove very useful for me. One was to accept an invitation to give an experimental printmaking class in a university art school. When I finally began to teach, I had already recovered my spirits, but the work provides me with an organic and vital connection with the world which has been very positive for me. Anyway, what could be more fun than hanging out with art students?

I also started exploring a new vein in my own work, doing pieces that were less concerned with “women in their intimacy” (my old specialty) and more with history, personal history, probably, but history, nevertheless. Perhaps I was starting to grow beyond myself, thematically.
I made, for instance, an installation of images, sewing on transfers from photographs of the indigenous peoples of the extremes of America: Alaska, north Canada, and Patagonia. It was a sort of narration about the period of their encounter with the Europeans, an encounter which was particularly devastating for the groups from the southern hemisphere.
I got very involved with the images as I worked on the project. I was trying to reconstruct something, to restore in some measure the presence and voice of these people, excluded and endangered during their lifetime, and now fading from memory, isolated in the past.

Viajes a las pirámides, II/Trips to the pyramids, II, 1985

Around this time I was also asked to participate in a conference of Mexican and Chicana artists, with a paper entitled “Surviving as an Artist”. At first I was panic-stricken, partly because I wasn’t so sure that I had really survived or if I would continue to do so. But the essay turned out to be a vehicle for articulating myself, a way of processing all I had been going through.

And I got lucky, I fell in love. This was very useful because falling in love produces lots of endorphins which counter arrest deficient body chemistry. You produce our own antidepressant drug. Anyway, the lucky part was not only to fall in love (which I’d already done a lot with mixed results) but also to do so with someone with whom I had a chance of building a decent relationship.**
I don’t know if this remedy could be prescribed to the public at large, but it certainly got me back on track. So that I could start appreciating all that I really hadn’t lost, but had lost the ability to perceive—wait, I’m about to get ridiculously maudlin; no wonder I hesitated before writing about all this “personal stuff”. Anyway, the story was sad, but not the ending.
I suspect I don’t have everything exactly under control, but my incurable optimism is back, along with the illusion that I can handle anything…even two nationalities.

--Carla Rippey

*Good old Akira the cat lasted out eleven years, until last summer; we miss him.
**"decent relationship" --five years later we are still hanging in there...

Akira y su mascota La Rata/Akira and his pet cat, The Rat, foto Dennis Callwood, 2001




2 comentarios:

joe dijo...

Carla,

Admiro la forma en que escribes, con esa sinceridad hasta la médula. Escribir así es un ejemplo de valentía y sinceridad.

Ahora sé por lo que pasaste, a veces en silencio otras veces de cara ante el mundo.

Tus comentarios descorren un velo sobre la contemplación de tu obra, ahora veo a la artista y a la mujer y puedo comprenderla mejor.

Joe

anie williams dijo...

Just found your site, Carla, I really enjoy your work, & the way you write about it & your experience:
so immediate.I was a few years in Mexico, mostly in San Cristobal de las Casas, my spanish is awful.
Now I live in Australia again. It's
interesting, don't you think, how
similar, in many ways is the experience of artists, even when their expressions are so different ~
it's like a tribe. all the best, anie. http://aniewilliamspix.blogspot.com